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"Arriésguense a amar"

HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN SACERDOTAL DE CARLOS Y ESTEBAN

¿Es fácil el camino? ¿Es fácil la respuesta a un Dios que llama? ¿Es fácil dar la vida? ¿Cuántas dudas surgen en la respuesta que uno da a Dios? ¿Cuántas dudas y miedos han ido teniendo en estos largos años de formación? ¿Tienen dudas hoy queridos Carlos y Esteban?

Son muchas preguntas, lo sé, y las hago porque quiero provocar que ustedes se cuestionen, precisamente hoy que serán ordenados sacerdotes para que salgan de aquí con una decisión grande, fuerte, comprometida, que salgan a vivir la locura del amor, que nos propone Jesús.

Hoy hablo de la “locura” de amor a la que nos llama Dios, a la que les llama Dios ahora a ustedes en forma particular. Toda llamada a dar la vida es sin duda una “locura” en medio de este mundo que ve la vida de manera diferente. Y Dios llama desde el vientre de la madre: “Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado”.

Dios los “ha apartado” a ustedes, queridos Carlos y Esteban, no para que se aparten del mundo, sino para que estén en el mundo, para que se comprometan con el mundo, para que den sus vidas en el mundo anunciando, curando, escuchando y proclamando la cercanía del corazón misericordioso de Dios.

 

Sí, queridos Carlos y Esteban, tienen que “hablar”, no digan, “¡Ah, Señor mi Dios! ¡Soy muy joven, y no sé hablar!” No tengan miedo en salir y anunciar, salir y proclamar a todos la locura del amor de Dios. Recuerden que van “a ir adonde quiera que yo te envié, y vas a decir todo lo que yo te ordene”. Y lo deben hacer, no por sus propias fuerzas, sino convencidos de que Dios estará con ustedes y Él pondrá sus palabras en la boca de ustedes.

¿Qué van a proclamar? ¿Qué van a anunciar? ¿Qué misión deben realizar? San Pablo se los recuerda: la locura de la predicación, a los que creen.

Deben ustedes, frente a los que piden muchos signos, frente a los que no creen, frente al escepticismo de tantos, “predicar a Cristo crucificado”. Esa fue la predicación de los apóstoles, la predicación de la Iglesia en toda su historia y ésa debe ser la predicación de hoy. Sí, queridos Carlos y Esteban, prediquen a Cristo crucificado, no un Cristo ligero, superficial, que se acomoda a los tiempos. Prediquen a Cristo crucificado, nunca separen a Cristo y su cruz. La cruz no es algo, la cruz es alguien, es Cristo y a ese Cristo deben anunciar con sus propias vidas de sacerdotes.

Y deben hacerlo recordando que, “la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana”. Y como nos dice Francisco, la “debilidad de Dios es su amor”. Dios nos ama y nos llama a anunciar el amor y los llama a ustedes a ser sacerdotes movidos por la “locura del amor”, de un amor auténtico, no un amor como el mundo lo entiende, sino un amor que da la vida.

Dios los ha llamado a eso, por eso hago mía las palabras de San Pablo y les repito: “… consideren su propio llamamiento. No muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna”. Dios los ha escogido a ustedes, ha visto el corazón de ustedes y los llama a arriesgarse a amar como sacerdotes.

Arriésguense a amar, recuerden las palabras del Señor: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos”. “Estas palabras (nos dice Francisco) resumen todo el mensaje de Jesús, es más, resumen todo lo que Él ha hecho: Jesús ha dado la vida por sus amigos. Amigos que no lo habían comprendido, que en el momento crucial lo han abandonado, traicionado y renegado. Esto nos dice que Él nos ama aun no siendo merecedores de su amor: ¡así nos ama Jesús!”.

Ustedes, al igual que Jesús, amen. Él nos muestra el camino para seguirlo, el camino del amor. Este camino no es un simple precepto, es una vida, es Jesús mismo, y todos debemos caminar también por este camino.

Que sea este el camino de ustedes en sus vidas sacerdotales, queridos Carlos y Esteban. Francisco nos lo recuerda: “Es un camino concreto, un camino que nos conduce a salir de nosotros mismo para ir hacia los demás. Jesús nos ha mostrado que el amor de Dios se realiza en el amor al prójimo. Ambos van juntos. Las páginas del Evangelio están llenas de este amor: adultos y niños, cultos e ignorantes, ricos y pobres, justos y pecadores han tenido acogida en el corazón de Cristo”.

 

Todos deben tener acogida en sus corazones sacerdotales. No excluyan a nadie. Por eso les pido nuevamente que vivan su sacerdocio en AMOR y por AMOR. AMEN DE UNA MANERA DIFERENTE, DE UNA MANERA TOTAL.

Vivan la locura de su sacerdocio en el amor. No dejen de amar nunca. Como sacerdotes no estén cerrados al amor, vivan ese amor de manera nueva, un amor que los lleve a dar la vida cada día.

Vivan la locura del amor en “gestos pequeños, de todos los días, gestos de cercanía a un anciano, a un niño, a un enfermo, a una persona sola y con dificultades, sin casa, sin trabajo, inmigrada, refugiada” (Francisco).

Vivan la locura del amor, gracias a la fuerza de esta Palabra de Cristo, en “gestos de cercanía, de proximidad. En estos gestos se manifiesta el amor que Cristo nos ha enseñado” (Francisco). No sean sacerdotes lejanos, no se vuelvan del mundo, separados de los demás porque saben o conocen mucho, no se crean nunca superiores de los demás.

En la locura del amor sean profetas cuando celebren la Eucaristía, cuando confiesen, cuando vayan por los caminos de Quito. Sean profetas cuando escuchen, cuando hablen, cuando aconsejen cuando prediquen.

En la locura del amor, sean sacerdotes alegres, decididos, entregados y consagrados a su misión. Sean sacerdotes en todo tiempo y en todo lugar, no descuiden su familia, sus amigos, pero no dejen de buscar y llegar siempre al hombre concreto de hoy, al joven de hoy, lleno de inquietudes y que les pedirá una respuesta, un signo, un Dios al que quieren conocer. Sean también profetas de fraternidad, esa fraternidad que tanta falta nos hace.

En la locura del amor no se cansen de GRITAR a la gente, como dice una canción, “que el amor de Dios no acaba ni la voz de Dios se pierde”.

Recuerden, queridos Carlos y Esteban, que, “El mandamiento del amor no es una simple provocación, sino es el espíritu del Evangelio” … y que, “Si la meta fuera imposible, el Señor no nos hubiera pedido que la alcanzáramos” (Francisco).

Pero solos es imposible, por eso, pidan al Señor esa gracia de amar, esa gracia de vivir su sacerdocio en amor. Que en esto les ayude nuestra Madre Santísima, para que, en la vida cotidiana de su sacerdocio, el amor de Dios y el amor al prójimo estén siempre unidos. ASÍ SEA.