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“Camino sinodal”

HOMILÍA DEL DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

Quiero comenzar esta reflexión, trayendo un fragmento de una oración que encontré cuando preparaba esta homilía, y que dice así:

“Viviré cada día, Señor, como si fuera el primero o el último de mi existencia, dándote gracias por lo mucho que me das, y soportando las contrariedades de cada día que, como una cruz particular, pones sobre mis hombros”.

Estamos terminando el Año Litúrgico, hoy es el penúltimo domingo, el próximo domingo celebraremos la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo y emprenderemos el camino del Adviento preparándonos a la Navidad.

¿Cómo miramos el futuro? ¿Lo miramos con angustia, con desesperanza, con fatalidad? Sin duda, estos últimos domingos están marcados por un lenguaje apocalíptico, construido de imágenes y recursos simbólicos para hablar del fin del mundo. En este ambiente, la palabra y el mensaje de Jesús es completamente esperanzador. Él no cae en la tentación de sembrar angustia y terror en las conciencias.

Jesús habla con sobriedad. No quiere alimentar ninguna curiosidad morbosa. Corta de raíz cualquier intento de especular con cálculos, fechas o plazos. Lo dice claramente: “Nadie sabe el día o la hora… sólo el Padre”.

Cuántos han puesto plazos, cuántos han puesto día y hora, año del final, y esos plazos han pasado y no ha pasado nada. Muchos han sembrado dudas, temor, desesperanza, y así no debemos ver el final de los tiempos, no podemos caer en el temor del final sino en la esperanza confiada y gozosa.

No tengamos una sicosis ante el final. El mundo está en buenas manos. No caminamos hacia el caos. Confiemos en Dios, nuestro Creador y Padre.

Desde esta confianza total, Jesús expone su esperanza: habla claramente de que la creación actual terminará, pero será para dejar paso a una nueva creación, que tendrá por centro a Cristo resucitado.

¿Cómo habla Jesús?, lo hace a través de imágenes comprensibles por todos: “…después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán”. Y nos podemos preguntar: ¿Se apagará también la historia de la Humanidad? ¿Terminarán así nuestras esperanzas?

Marcos nos dice claramente que, en medio de esa noche, “… verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”. La luz de Cristo iluminará todo, Él será el centro de un mundo nuevo.

El Papa Francisco afirma que, “El triunfo de Jesús al final de los tiempos será el triunfo de la Cruz, la demostración de que el sacrificio de sí mismo por amor al prójimo, a imitación de Cristo, es la única potencia victoriosa y el único punto seguro en medio de los acontecimientos y las tragedias del mundo”.

 

Afirma además que, “…el problema no es cuándo llegarán los signos premonitorios de los últimos tiempos, sino el estar preparados para el encuentro con Dios”.

 

Y nos podemos preguntar, ustedes y yo, cada uno de nosotros: ¿Estamos preparados para el encuentro con Dios? Deberíamos preguntarnos además sobre nuestro fin, un fin del que no sabemos “el día y la hora”, que puede llegar en cualquier momento, que puede llegar hoy mismo.

Preguntémonos: “¿Cómo será mi fin? ¿Cómo me gustaría que el Señor me encontrara cuando me llame? Es prudente pensar en el final, nos ayuda a avanzar, a hacer un examen de conciencia sobre qué cosas debo corregir y cuales llevar adelante porque son buenas”. Y debemos pensar en nuestro fin, porque si hay algo cierto es, no nos gusta pensar en el fin, siempre posponemos este pensamiento para mañana, pensamos que siempre hay un mañana y un día, cuando menos lo pensemos, no habrá un mañana, habrá llegado el fin.

Nuestra esperanza, hay que mirar con esperanza, no con temor, el final, tiene un rostro, nos lo dice Francisco: “El rostro del Señor resucitado que viene con gran potencia y gloria, es decir, que manifiesta su amor crucificado transformado en la resurrección, … por lo tanto, nuestra meta final es el encuentro con el Señor resucitado. No esperemos un tiempo o un lugar, sino que vamos al encuentro con una persona: Jesús”.

Esta visión cambia totalmente la angustia del mundo ante el final de los tiempos. Es una visión gozosa, además, “no es solo el punto de llegada de la peregrinación terrena, sino una presencia constante en nuestra vida; por eso cuando habla del futuro, y nos proyecta hacia él, es siempre para reconducirnos al presente” (Francisco).

El mirar el futuro, el preguntarnos sobre el futuro, pero hacerlo desde nuestra fe, nos llama a vivir el presente, construyendo nuestro futuro con serenidad y confianza en Dios. Y aquí vienen bien el preguntarnos, ¿Cómo vivo el presente? ¿Cómo construyo el futuro? ¿La perspectiva del fin nos distrae de la vida presente? ¿Miramos nuestra vida de hoy con una visión de esperanza?

De igual manera, aplicando esta reflexión al momento que vivimos como Iglesia, a este “camino sinodal” que estamos recorriendo y que en estos meses deben os profundizar y comprender lo que es la Iglesia, la misión de la Iglesia, a qué está llamada la Iglesia, nos hace comprender que debemos tener una visión de esperanza frente a nuestra Iglesia.

¿Cómo miramos la Iglesia hoy? ¿Qué esperamos de la Iglesia? ¿La Iglesia camina hacia el encuentro del Señor resucitado? ¿En este camino, qué tropiezos hemos tenido como Iglesia? ¿Somos una comunidad de esperanza o somos una comunidad fatalista?

Tanto a nivel personal como a nivel de la Iglesia sinodal, “Nos hará bien esta semana pensar en el final. Si el Señor me llamara hoy, ¿qué haría? ¿Qué le diría? El pensamiento del fin nos ayuda a avanzar; no es un pensamiento estático: es un pensamiento que avanza porque es llevado adelante por la virtud, por la esperanza. Sí, habrá un fin, pero ese fin será un encuentro: un encuentro con el Señor. Es verdad, será un “rendir cuentas” de lo que he hecho, pero también será un encuentro de misericordia, de alegría, de felicidad. Pensar en el fin, el fin de la creación, el fin de la propia vida, es sabiduría, el sabio lo hace” (Francisco).

Recorramos este camino de la mano de María, que Ella, nos ayude a confiar plenamente en Jesús, el sólido fundamento de nuestra vida y nos haga perseverar con alegría en su amor. ASÍ SEA.