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¿Qué le pides tú a Dios en tu oración?

HOMILÍA DEL XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Por Mons. Alfredo José Espinoza Mateus, sdb

Quito, 29 de agosto de 2021

Con mucha alegría vuelvo a celebrar en esta querida Parroquia “María Estrella de la Evangelización” en este día en que la Comunidad Comboniana asume la misión de llevar el Evangelio en esta zona norte de nuestra Arquidiócesis y la asume con el espíritu de su fundador Daniel Comboni, quien decía: “Tendremos que fatigarnos, sudar, morir; pero al pensar que se suda y se muere por amor de Jesucristo y la salvación de las almas más abandonadas de este mundo, encuentro el consuelo necesario para no desistir en esta gran empresa”.

Sé querido P. Ottorino Polletto, Provincial en el Ecuador y querido P. Juan Martín Rodríguez González, que ustedes van a fatigarse, van a sudar, van a dar sus vidas en esta misión, pero que lo harán por amor al Señor y es al Señor al que van a llevar con alegría, es a Él al que van a comunicar y van a anunciar su amor y su cercanía.

Es un día también para agradecer al P. Rodrigo Maji quien asumió su nuevo destino pastoral con total obediencia en un sentido profundo de hacer y construir la Iglesia. A él gracias por todo lo que hizo en esta parroquia, por su vida entregada y su misión compartida.

El libro del Deuteronomio nos recuerda la cercanía de Dios. Se hace una pregunta que nos la podemos hacer cada uno de nosotros: “¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros siempre que lo invocamos?”

Muchos ven o sienten a Dios un tanto lejano, y no debe ser así. Dios es un Dios cercano, un Dios que camina con nosotros, un Dios que nos escucha, un Dios que nos levanta, nos da esperanza, que acompaña nuestras vidas.

¿Qué le pedimos a Dios? Si Dios nos concediera un deseo, ¿qué le pediríamos?

¿Qué le pides tú a Dios en tu oración?

Seguramente la lista de peticiones sería larga, importante sin duda, pero creería que la gran mayoría de deseos o peticiones irían dirigidos al bienestar personal, a mejorar la propia vida, a un trabajo, a la salud, en fin… a tantas cosas, buenas en sí, pero que no son en el fondo fundamentales.

¿Pedimos, como pidió Salomón, “sabiduría y entendimiento”? Hoy se nos invita a considerar con sabiduría los mandamientos de Dios, porque los mandamientos de Dios no deben ser considerados como prohibiciones, sino como la forma en que Dios está cerca de su pueblo y por ello éste debe escucharlo, servirlo y buscarlo.

¿Cómo vemos nosotros los mandamientos? ¿Los sentimos como cargas inmensas sobre nuestros hombros? ¿Los vemos como un signo de amor de un Dios cercano? Estamos llamados a “ponerlos por obra”, no a que sean leyes frías y lejanas. Debemos vivirlos en todo momento sabiendo que es el amor el que mueve nuestra vida y es el amor la razón de los mandamientos.

La ley del Señor, los mandamientos, no son una imposición ni quitan nuestra libertad, tampoco es una ley que no nos deja ser y actuar como queremos. Quienes piensan así, se olvidan que la relación de alianza entre Dios y su pueblo es una relación de amor en la que quien da el primer paso siempre es Él, nuestro Dios, un Dios cercano, que quiere lo mejor para nosotros.

En el Evangelio encontramos otra forma de engañarnos que estaba tan presente en tiempos de Jesús, y que debemos decirlo, también está presente hoy, y es el hacer las obras, pero sin poner el corazón en ellas.

Esto era lo que vivían los escribas y fariseos, y lo que muchas veces hacemos nosotros para no complicarnos la vida. ¿Cuál fue el centro de la discusión de Jesús con ellos?, uno solo: “lavarse las manos antes de comer”, que bien sabemos no era una cuestión de aseo personal o como hoy en día, una medida necesaria de bioseguridad ante la pandemia.

Aquí era una cuestión de un ritualismo vacío, sin corazón, sin amor. Una tradición o costumbre que con el tiempo se va vaciando de su contenido auténtico y que esconden el verdadero rostro de Dios, que es el amor, no dejando llegar a Él para que sea conocido y amado por todos.

Y es lo que muchas veces, cuando llega un nuevo párroco, y en este caso, una Comunidad Religiosa para asumir una parroquia, la comunidad suele repetir: “Es que, antes se hacía así… el padre decía esto, el padre hacía de aquella forma”. Nos quedamos en ese “antes” como un ritualismo y no estamos abiertos al amor y a las sorpresas y novedades de Dios. Espero que ustedes no sean así, queridos hermanos. Les pido que se abran a las sorpresas de un Dios que los ama y que lo van a descubrir a través de la acción y misión de los hermanos Combonianos, cuidado con asumir actitudes farisaicas que pretenden una ley por la ley, un hacer por el hacer, y se olvidan lo fundamental que es el amor en la misión parroquial.

Jesús desenmascara el engaño de los escribas y fariseos, les dice con claridad que es más importante la pureza del corazón y de la conciencia, lo que nace del interior, que la mera observancia exterior. No quita ni pretende quitar el cumplimiento de la Ley, pero sí les recuerda que ésta, la Ley, está en el servicio de la persona, de su libertad, de su crecimiento, de su amor.

Francisco nos dice: “De esta manera, Jesús subraya el primado de la interioridad, es decir, el primado del “corazón”: no son las cosas exteriores las que nos hacen o no santos, sino que es el corazón el que expresa nuestras intenciones, nuestras elecciones y el deseo de hacerlo todo por amor de Dios. Las actitudes exteriores son las consecuencias de lo que hemos decidido en el corazón y no al revés: con actitudes exteriores, si el corazón no cambia, no somos verdaderos cristianos”.

Pongan ustedes queridos hermanos Combonianos ese gran corazón en la misión que emprenden. Que sea el corazón la ley que les mueve a actuar, que sea el corazón la razón de su misión, sabiendo que, como decía Daniel Comboni, “Las obras de Dios nacen, crecen y florecen al pie de la cruz”, y la cruz siempre hay que verla desde el amor de Dios que da la vida.

Ustedes queridos hermanos de esta Parroquia, no se queden en actitudes exteriores, vayan al corazón, vivan su fe desde el corazón, desde el amor de un Dios cercano. Estén dispuestos a cambiar siempre su corazón para que sea el amor su verdadera y auténtica ley.

Adelante en esta nueva misión, en esta nueva etapa de parroquial. No tengan miedo, caminen de la mano de María. Comboni, el gran santo misionero decía: “No podemos temer nunca cuando tenemos una Madre poderosa y amanta que vela por nosotros”. Ella, María, Estrella de la Evangelización, velará por ustedes y hará que esta parroquia sea verdaderamente una luz evangelizadora en esta Iglesia que peregrina en Quito. ASÍ SEA.