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Que su Resurrección dé sentido a nuestras vidas

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Quito, 17 de abril de 2022

Por Mons. Alfredo José Espinoza Mateus, sdb

¡HA RESUCITADO! Éste debe ser nuestro grito en este día. Es que, como hemos dicho en el salmo responsorial, “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo”.

¿Estamos alegres? Les pregunto, ¿Estamos alegres?, vuelvo a preguntarles:

¿Estamos alegres? Deberíamos decir un sí fuerte, sonoro, que nace de lo profundo de nuestro ser de cristianos. No podemos no estar alegres, nuestra alegría viene del triunfo de Jesús sobre la muerte.

Pedro proclama sin miedo a Cristo Resucitado. “Ustedes conocen lo que sucedió en toda Judea, comenzando por GalileaMe refiero a Jesús de Nazaret… a este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios”. Y a este Jesús, muerto y resucitado, predicaron con valentía, pasión y dieron testimonio de Él con su propia vida.

En este discurso de Pedro hay una de las frases, para mí, más hermosas del Nuevo Testamento al hablar de Jesús: “…ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”.

Así debería ser nuestra vida de cristianos, llenos del espíritu de Cristo Resucitado estamos llamados a pasar por este mundo haciendo el bien. Tú, yo, todos nosotros, debemos hacer el bien. ¿A qué nos compromete este hacer el bien? Puedo decir que este hacer el bien es sembrar, trabajar, anunciar y proclamar la vida. Hay tantas situaciones de muerte, tantas situaciones de opresión, tantas injusticias, que estamos llamados a transformarlas con nuestras acciones en situaciones de vida. Es el compromiso que deberíamos asumir hoy, a la luz de Cristo Resucitado. Hagamos el bien, no dejemos de hacerlo. Hagamos el bien en nuestra casa, en nuestro barrio, en medio de nuestros amigos, en nuestros lugares de trabajo, en todo momento y a todos.

Para poder hacer el bien debemos afianzar nuestra fe en la Resurrección. Sin duda es un proceso, es un camino que debemos recorrer, al igual que lo hicieron los discípulos. Antes de encontrarse con Él, lleno de vida, los evangelios nos hablan de la desorientación de los discípulos, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres.

María Magdalena es el mejor prototipo de lo que acontece probablemente en todos. Según el relato de Juan, busca al crucificado en medio de tinieblas, «cuando aún estaba oscuro». Lo busca «en el sepulcro». Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida. Por eso, el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús, se siente perdida.

Es interesante que el Evangelio nos diga que “echó a correr” ¿POR QUÉ CORRE?

¿POR ANGUSTIA? ¿DESORIENTACIÓN? ¿TEMOR? ¿INCERTIDUMBRE? Va corriendo donde Simón Pedro y el otro discípulo, que es Juan y les dice,: “se han llevado del Sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”

Pedro y Juan van también corriendo al Sepulcro… corren también con incertidumbre, con miedo quizás, no sabían lo que iban a encontrar.

¿Qué pensaba Pedro al correr hacia el sepulcro?, como nos dice Francisco, quizás “en el corazón de Pedro había duda junto con muchos sentimientos negativos: la tristeza por la muerte del Maestro amado y la desilusión por haberlo negado tres veces durante la Pasión”

Pero allí va Pedro, corriendo y esto marca el cambio en su vida. No se queda sentado a pensar, no se queda encerrado como los demás, llorando la muerte del Maestro, no se queda atrapado en las dudas ni se deja hundir por remordimiento y habladurías que no llevan a nada… sale corriendo ante la noticia.

Pedro va a la búsqueda de Jesús, no se busca a sí mismo… busca al Señor y el Papa nos asegura que “este fue el comienzo de la “resurrección” de Pedro, de la resurrección de su corazón…Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad se abrió a la voz de la esperanza…dejó que la luz de Dios entrara en su corazón sin apagarla”

¿A qué estamos dispuestos nosotros? ¿Seguiremos encerrados en la muerte de Cristo o nos abriremos a la Resurrección? Creo que como Pedro debemos hacer un camino… debemos correr para encontrarnos con el Resucitado. Sí, debemos hacer nuestro propio recorrido, nuestro propio camino y quizás corriendo como Pedro. ¿Dónde lo vamos a buscar? Sin duda que no lo debemos buscar en el sepulcro. No hay que buscar a Jesús en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida. Como Juan, veamos vacío el sepulcro y creamos… “vio y creyó”.

Yo lo vengo a buscar aquí, en medio de ustedes, en esta parroquia. Lo vengo a buscar en sus vidas de creyentes, en su vida parroquial, entre los catequistas, entre los jóvenes, en los monaguillos, en los niños y muchachos que se preparan a los sacramentos, en los Ministros de la Eucaristía, en los movimientos laicales. ¿Lo voy a encontrar? ¿Está vivo en ustedes?

Lo vengo a buscar en sus familias, que deben estar unidas en el amor, no divididas ni enfrentadas. Lo vengo a buscar en las familias de esta parroquia que ponen a Cristo en su centro porque viven en el amor. ¿Lo voy a encontrar? ¿Está vivo en sus familias?

Lo vengo a buscar en el corazón de su sacerdote, que vive la pasión de haber encontrado al Señor Resucitado, al Señor que lo llamó a servir y se entrega movido por esa llamada y busca pasar por esta parroquia haciendo el bien. ¿Lo voy a encontrar? ¿Está vivo en su sacerdote?

Hoy estamos alegres, no es tiempo de estar tristes y sin esperanza, no es tiempo de estar encerrados en nosotros mismos. Hagamos vida las palabras de Francisco: “Abramos nuestros “sepulcros sellados”, para que Jesús entre y los llene de vida…dejemos a un lado “las piedras del rencor, las losas del pasado, las rocas pesadas de las debilidades y de las caídas”.

Que “el Señor nos libre de la terrible trampa de ser cristianos sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y nuestros problemas fueran el centro de la vida” (Francisco)

Iluminemos nuestras vidas a la luz de Cristo Resucitado… Que su Resurrección dé sentido a nuestras vidas y sea NUESTRA MAYOR ALEGRÍA… ÉL ESTÁ VIVO…NO ESTÁ MUERTO.

Anunciemos al Resucitado con nuestra vida, amando y sirviendo, y pasemos “haciendo el bien a todos”. ASÍ SEA.