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Opinión

Opinión: Vasijas de barro

Quito, 06 de marzo de 2021

P. Fredy Garzón Flórez, ocd

La Cuaresma inicia con el Miércoles de Ceniza, día en el que se pronuncia estas palabras: “recuerda que polvo eres y polvo te convertirás”. Palabras que nos llevan a interiorizar lo que somos. Hace algún tiempo realicé una lectura de un texto de divulgación científica titulado SOMOS POLVO DE ESTRELLAS, en donde especulaba el autor que en nuestros huesos yace un remanente directo de los elementos que formaron el universo hace millones de años. Esta lectura me llevo a reflexionar de lo que estamos hecho. Recordaba el texto del Génesis donde Adam fue hecho del barro de la creación del Creador; recordaba el salmo 8 en las palabras “lo hiciste poco inferior a un dios y le diste poder sobre tu creación”, recordaba las palabras de Santa Teresa de Jesús al rememorar su ruindad y fui conducido a la siguiente pregunta: en sí ¿de qué estamos hechos?

Pablo dice, somos vasijas de barro hechas de la misma creación. Irineo de Lyon afirma que somos el orgullo del creador, porque en nosotros se manifiesta la grandeza de la divinidad. De manera que, siguiendo al salmista del salmo 8, nos encontramos ante una dignidad exorbitante que se contradice a sí misma.

Somos polvo, es verdad, pero también somos hechura del creador; somos barro, pero también somos imagen de la divinidad; somos ruindad pero también somos grandeza; oscuridad y luz, herida y sanación. Viendo nuestras flaquezas, como dice Teresa de Jesús, vemos la grandeza revelada en nosotros de la divinidad. Por eso, volver a nuestras propias vulnerabilidades es el medio para volver la mirada al Señor ¿Cómo puede ser esto posible? Vamos a adentrarnos en este misterio y a dar unas pequeñas luces para este camino pascual.

En la actualidad estamos abocados a apartarnos de todo aquello que nos causa dolor. Movimientos como “tú eres capaz”, “coaching”, “supérate a ti mismo”, entre otros, nos llenan la cabeza de la idea de bienestar, comodidad, seguridad; y peor aún, la búsqueda de esto en el menor tiempo posible. Al parecer todo tiende a eliminar de nosotros la fragilidad que somos. El tiempo cuaresmal y pascual nos indica algo radicalmente contrario. En palabras de Pablo: no somos capaces, pero todo lo podemos en Cristo que nos fortalece. Es decir, querer eliminar la fragilidad aumenta su dolor por ello, no es un acabar con ello sino arrojarnos a la divinidad para comprendernos a nosotros mismos y asentar debidamente nuestra realidad humana.

Con lo anterior descubrimos que es importante comprender la fragilidad en relación con dolor, pero no como un sufrimiento buscado o un sin sentido sino como un redescubrimiento de sí mismo y del actuar de la divinidad (no en vano, la Semana Santa indica que el padecimiento del dolor se redime en la divinidad, la noche de la luz pascual).

De manera que nos podemos preguntar: ¿Dónde localizar lo que nos congoja? ¿Cómo explicitar el sentimiento de pena o desasosiego? Cualquier respuesta a estas preguntas nos conduce a darnos cuenta que, por más avance del lenguaje o la ciencia, no se puede expresar esta sensación ni esta experiencia. Pero queda, en nuestra realidad de creyentes una respuesta: la divinidad.

A lo largo de la Cuaresma, la liturgia nos presentó el dolor y el sufrimiento en medio de las vulnerabilidades. Nos presentó a un Jesús enfrentándose a las tentaciones, pero también nos descubrió a un Jesús trasfigurado por el Padre, un Jesús que va a lo fundamental, un Jesús que manifiesta, en las vulnerabilidades, la gloria del Padre.

Le Breton decía: “no hay dolor sin significación afectiva” es decir, cualquier manifestación del dolor de forma física tiene repercusión en el alma. Entonces, al descubrir que el dolor perturba todas partes de nuestra existencia, se puede decir que esto transforma nuestra manera de relacionarnos con el mundo, con nosotros y con el Creador. En este sentido, al reconocer las vulnerabilidades en nuestra vida podemos cambiar pensamientos antiguos, costumbres, relaciones, en una palabra: la manera de ver el mundo, así como lo ha hecho Cristo.

Ahora bien, estamos en tiempos en que se quiere reducir el dolor, al mínimo, buscando medicinas, lugares, pero estos solo atacan un tipo de dolor; muestran el dolor como negativo y esto va afectando el reconocimiento de nuestra naturaleza; sin tener en cuenta que al reconocer nuestras vulnerabilidades nos ponemos en contacto con la divinidad, como el niño que se siente frágil y débil ante la ausencia de su madre.

Reconocimiento y aceptación. No es negación ni un padecimiento lastimero, como indica Edith Stein al comentar la experiencia de san Juan de la Cruz en la Ciencia de la Cruz; es un manifestar identidad y configuración con un camino; es descubrir, que la vida misma, al descubrir nuestras fragilidades, es un constante viacrucis que desemboca en una resurrección gloriosa.

En este orden de ideas, comprendemos que vulnerabilidad, dolor y sufrimiento se centra en la existencia misma; en términos de Séneca: vivir ya es padecer; y en nuestras palabras, la propia existencia ya es una manifestación de nuestra vulnerabilidad.

Este tiempo, por tanto, invita a aceptar que somos frágiles, necesitados, vulnerables, como dirá Teresita del Niño Jesús: “un débil pajarillo de un ligero plumor que mira al tibio sol, su sol de amor”. Reconocer esto, es reconocer el cambio, sabernos vulnerables no solo implica sufrir y padecer, también nos enriquece en el autoconocimiento y en la autocomprensión. En efecto, esta vulnerabilidad nos constituye como necesitados de protección, de seguridad, de apoyo; en una palabra: necesitados de OTRO. Descubrimos que somos frágiles, que somos dependientes, esto hace parte de nosotros mismos, esto hace que nos liberemos de falsas seguridades y que redescubramos la divinidad; inclusive, esto hace que comprendamos de qué estamos hechos.

Somos polvo, pero somos polvo de estrellas que contienen dentro de sí la fuerza creadora del universo. Somos barro, pero barro tocado por la divinidad, en el cual se ha insuflado el espíritu de infinito. Somos ruindad, pero somos ruindad que crece, se estremece y que se alimenta de su Dios. Entonces, aceptar la vulnerabilidad implica saber que la vida no se elige, que nuestra vida es breve, que estamos de paso: somos efímeros, seres de un día, pero al mismo tiempo, seres del tiempo que también se nos da en la perspectiva de lo infinito; y de nuevo es el tiempo, quien nos abre la posibilidad a un mañana, el tiempo es tiempo, y nuestra vulnerabilidad, es la inevitabilidad de que el tiempo transcurra. Somos vasijas de barro, frágiles, con los golpes, pero resistentes para llevar un gran peso.

Ser vulnerables es, entonces, la posibilidad de abrirnos a una esperanza en la divinidad, nos ayuda a eliminar el agobio y a centrar la mirada en el infinito, en Dios mismo; nos invita a ser valientes ante la presencia de la incertidumbre; pues, omitirla, hace que estemos abocados a la desdicha.

Que vivir la Pascua nos ayude a profundizar en nuestras vulnerabilidades, que podamos incorporar a la divinidad nuestras fragilidades y así redimir nuestra sed de infinito y que al reconocernos vulnerables hagamos nuestras las palabras de Pablo: “porque cuando soy débil, soy fuerte”.